Cada vez que me preguntaban por mi futuro profesional respondía lo mismo: “Yo de mayor quiero ser doctora”. Ni artista, ni astronauta, ni payasa. Doctora con bata blanca y pendientes de perlas finas.
La mejor mamá no podía ser profesora, no. Tenía que ser lo más de lo más. Salvavidas. Mis hijos antes de nacer ya iban a estar orgullosos de mí y yo me iba a encargar personalmente de ello.
Pues bien, hasta que llegara el momento de tener pareja, plantearme el tener hijos, que éstos nacieran y tuvieran capacidad suficiente para reconocer mi éxito alguien tendría que estar orgullosa de mí. Y le tocó a mi madre. Me propuse agradarla en todo. Fui la mejor hija, la mejor persona, la mejor estudiante y con la mejor profesión que yo consideraba en ese momento. Estudié y estudié aún sin ganas por llegar a esa meta pero algo o alguien se interpuso en mi camino. No sé exactamente cómo ni cuándo fue pero cambié. Y gracias. Empecé pasito a pasito a reconducir mi vida, pero esta vez sin intentar agradar a nadie.
Si las cosas van bien acabaré enfermería. Cuando empecé aún pensaba que iba a ser una frustración el tener que compartir mi vida laboral con lo que hacía algún tiempo había sido mi sueño. Pero tuve suerte. El destino o mi propia forma de actuación provocaron ese cambio de planes.
Soy feliz con el resultado obtenido y poco a poco consigo agradarme sólo a mi misma y hacer las cosas por voluntad propia. No lo he conseguido del todo pero no pierdo la esperanza.
Commuter series I
Hace 6 meses

